Podemos ser felices en nuestros trabajos

Recientemente he tenido ocasión de conocer el decálogo que la Fundación Ananta, constituida en el año 2004, tiene publicado con el objetivo de difundir en el mundo de la empresa los valores de fraternidad y armonía que nos permitan vivir en mayor consonancia con nuestra propia humanidad y de concienciar a empresarios y trabajadores, pero sobre todo a los primeros, de la necesidad de imprimir un cambio en la organización de los sistemas de trabajo que permita que todos actuemos en armonía en la búsqueda del equilibrio económico y la justicia social y que, en consecuencia, seamos más felices.

Este decálogo, que se resume en consejos como, entre otros, respetar los compromisos financieros, actuar con ecuanimidad, transmitir sólo impresiones verdaderas, hablar con profesionalidad y respeto, ser feliz con lo que tienes y celebrar los logros ajenos, me inspira dos reflexiones básicas.

La primera de ellas es que, con independencia de las creencias religiosas que podamos o no tener cada uno de nosotros, nos encontramos ante consejos que son, o deberían ser, comunes en nuestra vida cotidiana. Una sociedad culta, educada, moderna y con deseos de mejora y de progreso debe actuar con ecuanimidad, respetando los compromisos adquiridos, con profesionalidad, preparación y respeto por las ideas ajenas. Son ideas y valores todos ellos en los que, en general, hemos sido educados, en los que intentamos educar a nuestros hijos y que, en mayor o menor medida, consideramos esenciales e intentamos poner en práctica.

En consecuencia, si resulta que se considera necesario recordar estos valores y principios y se insiste en ellos para ser aplicados a la vida de la empresa, podemos concluir que, salvo honrosas excepciones, son completamente ajenos a la misma con las consecuencias perjudiciales que para el ambiente de trabajo ello acarrea. Así, parece que estamos más acostumbrados a ver cómo no se respetan los compromisos, no se actúa con la suficiente profesionalidad, no se respetan las ideas ajenas sino que se trata de imponer las propias y, por supuesto, nunca nos alegramos de los éxitos de otros sino que los miramos con envidia y recelo.

Creo que es evidente que si los empresarios no consiguen ambientes de trabajo en los que imperen estos principios estarán actuando contra sí mismos porque provocarán que sus empleados no tengan la satisfacción ni la felicidad suficientes y, por lo tanto, existirán mayores índices de absentismo, de “presentismo” y de enfermedades relacionadas con el estrés con el consiguiente efecto reductor de la productividad.

Una segunda reflexión es que la responsabilidad de la puesta en práctica de estos valores en el seno de una organización no sólo debe depender de sus directivos sino que también requiere de la colaboración activa de todos sus componentes. Además, si entre todos conseguimos que nuestra organización actúe sobre estos principios, seguro que seremos capaces de crear un ambiente de trabajo en el que nos encontremos a gusto, seamos felices, estemos más motivados y veamos la vida con alegría.

Vivimos en una sociedad en la que contamos con avances tecnológicos impensables años atrás, nuestras empresas nos conceden beneficios sociales que nos facilitan la tarea del trabajo diario, disponemos de una media de ingresos que nos permite cubrir nuestras necesidades básicas y las no tan básicas, tenemos cultura, ocio, y tiempo para esparcimiento; en general, podemos afirmar que vivimos bien. Sin embargo, cuando aparentemente no tenemos problemas serios que afecten a nuestro ritmo normal de vida, nos cuesta encontrar la tranquilidad, la serenidad, la felicidad, nos cuenta apreciar de verdad lo que tenemos, no nos conformamos, siempre buscamos más y esta búsqueda nos hace sentirnos permanentemente insatisfechos.

Podemos concluir entonces que todos los bienes materiales de los que disfrutamos, por sí solos, no nos proporcionan felicidad. Necesitamos algo más. Necesitamos un cambio en nuestra forma de ver nuestras vidas. Necesitamos valores profundos y arraigados. Necesitamos desarrollar nuevos hábitos que nos proporcionen una reserva de tranquilidad, felicidad y bienestar.

Si aprendemos a ver la vida de otra manera, si buscamos pasión e ilusión en las cosas cotidianas, si eliminamos la rutina de nuestras vidas, si buscamos soluciones creativas, si mejoramos las relaciones con nuestra familia, amigos y compañeros de trabajo, si cuidamos un poco más nuestra salud, si buscamos la serenidad y aprendemos a evitar esos cambios bruscos de humor, en definitiva, si miramos un poco más a nuestro interior, estoy seguro que no sólo seremos felices en nuestros trabajos sino que conseguiremos irradiar esta felicidad a nuestro alrededor.

Además, esta creación de felicidad seguro que va a redundar en una mayor motivación y va a contribuir a mejorar nuestro ambiente de trabajo y, por ende, nuestra productividad y la de nuestra organización.Aplicando estos valores y principios no sólo podemos ser felices en nuestros trabajos sino que debemos serlo.

Juan José Rodríguez Martínez
Abogado


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